Desde el diván...

Sin impronta, no hay conocimiento.

Once were warriors - Lee Tamahori (análisis)

La película trata sobre una familia maorí, que vive en un barrio pobre en los suburbios de Nueva Zelanda. Los padres de esta familia, Beth y Jake han estado casados por más de 18 años, y aunque se aman, deben lidiar a diario con la diferencia entre sus temperamentos. Ambos tienen además cinco hijos, el mayor, Nig se ha unido a una pandilla que revindica los ritos y tatuajes de los guerreros maoríes. El segundo, Boogie fue puesto bajo custodia de la Asistencia Social, ya que la justicia determinó que sus tutores no eran capaces de hacerse cargo de él. Finalmente está Grace quien, ya adolescente, se hace cargo de sus hermanos menores.

El primer punto que me llamó la atención en esta película, y al que me gustaría hacer especial referencia, es al estilo de vida de esta sociedad en comparación con los Bali. El ethos cultural de estos últimos sobreestimaba el equilibrio en cada una de sus manifestaciones culturales, sin embargo, para la comunidad que se nos presenta existe una marcada diferencia en los roles de género – donde los hombres eran preparados socialmente para ser fuertes y abastecer el hogar, y las mujeres para permanecer en silencio y satisfacer al hombre en sus deseos sexuales. Este carácter machista, también es posible ejemplificarlo con las grandes fiestas que daba Jake en su casa, donde se jactaba de poder servirles grandes cantidades de licor a sus invitados a pesar del poco dinero con el que contaban.

Se ha dicho que el tabú del incesto determina qué mujeres pueden casarse en determinadas tribus, en un doble vínculo de exclusión/inclusión (fuera del clan, pero dentro de la tribu); indica que a través del matrimonio se produce una alianza entre clanes, donde es necesario que un hermano de la mujer renuncie a ella para que pueda contraer el vínculo. Se entiende a través del relato, que Jake y Beth eran de diferentes clanes, pero Jake, al no ser aceptado como pretendiente óptimo para la novia, es rechazado por la familia, por lo que la pareja debió fugarse para poder estar juntos. Es por esto que sus hijos, no conocen a sus antepasados y de cierta forma son extraños ante el comportamiento socialmente aceptado: Boogie es criticado por su propio padre como “débil” por no dedicarse a fortalecer sus músculos, como todo hombre que se digne de serlo, sino más bien está desorientado en esta sociedad, y sólo al momento de ser enviado a Custodia se siente partícipe de los rituales de su pueblo; Grace, considera a los hombres de ese lugar como “feos”, ya que ve a diario como las mujeres son vistas como meros objetos sexuales; y finalmente, la misma Beth no puede guardar silencio ante las injusticias que comete su esposo, sufriendo los castigos físicos que de cierta forma parecen ser lícitos ante los ojos de los demás.

De todos ellos, es Grace la que más parece estar viviendo en un mundo distinto, pues guarda dentro de sí la fantasía – algo que al parecer las mujeres de esa sociedad están condenadas a perder. Es ella la que más se interesa en la historia que cuenta su madre sobre los antepasados, y quien de cierta forma jamás se adapta a la realidad social que vive, esperando siempre estar en un lugar distinto. Finalmente está inviabilidad termina por jugar en su contra, ya que, al no encontrar un punto de equilibrio con su entorno, no ve salida y se suicida.

Boogie, por el contrario, encuentra un lugar donde siente que es capaz de desarrollarse, al igual que su hermano Nig, quien finalmente es capaz incluso de enfrentarse a su propio padre.

En el caso de Beth y Jack, funciona una suerte de teoría del doble vínculo, donde el segundo golpea a su esposa, pero luego vuelve a ella demostrándole cariño, si resiste su ataque, como si no hubiese hecho nada – de cierta forma, como si valiera poco que ella se quejara y aprendiera de una vez a quedarse callada. Beth está atrapada en este juego, pues si demuestra su disconformidad con la situación es golpeada, y si trata de arreglarse para agradarle a su esposo tampoco recibe demasiada retribución. Finalmente, Beth rompe este vínculo apelando al cariño que siente por sus hijos y a la realidad que es puesta ante sus ojos, donde su hija es violada por una extensión de su marido, uno de sus más cercanos amigos.

El título “Once Were Warriors” (Una vez fuimos guerreros), me hace pensar en esa ‘fuerza interior’ que descubren Nig y Boggie, esos orígenes guerreros que una vez fueron útiles en la historia de los maorí y que, pasados los años, fueron siendo menos necesarios en la parte física, moldeándolos históricamente para llevarlos en el interior y soportar las grandes dificultades tal y como Beth soportó por 18 años los maltratos e injusticias con la misma dignidad y fortaleza con la que al final de la película, da media vuelta y comienza una vida nueva junto a sus hijos.

1 comentarios:

Andich dijo...

Te felicito por el análisis, me parecio muy interesante y certero. estoy analizando la peli para violencia familiar y estos datos que aportas me vienen muy bien. Gracias

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